UN LIBRO SIN FONDO. POR REYNALDO JIMÉNEZ










Plante una bananera, nudo en la bandera, pensé que me perseguían
cavando mi escondrijo, me querían para festejar entre los extraños —
las imágenes de mis amigos los santitos. Pradizo en los huertos
doxios, paradescos. ¡Maltratado que ni caballo de exú, apaña más
que cachorro de bugre, más bien apañado que arara caída del palo!
Manos puestas: ¡palma encolada en la palma, dando por encerrado
el ciclo de brazos abiertos que culminó con el cálculo el cuanto más
preciso del pez inmune a la pesca! Cierra el circuito, dóblase el ser
sobre sí mismo, concentrando los flujos de la substancia de su naturaleza.
Solutio continuitatis: fálsia modestia persia. Pentadáctilo pedaleando el
dédalo del piélago con mano polidígita: ¡arcos noéticos! ¡Sed, llave que
abre la fuente! La hierba embala y embota, desvaposa, el árbol resbala y
resbotalla: bancabriola, hierba mayor. ¡Sentimenterio, chiguagua! Te valgo
como intérprete, médico de crisis incomprensorias, sábado de una semana
de desentendencias, como quien sirve de puente en un ejército de ríos, así
de modo a levantar las sospechas de todos los coretos de la parroquia,
deshilos de los cuaresmáticos, ¡el carrerista embalado! ¡Sólo si for pavor!


Catatau de Paulo Leminski[1] es de aquellos libros que al transformar la concepción de lo literario, proponen nuevas formas de lectura. Por su poder conectivo en lo verbal, en lo semántico, su fuerza de arrastre es la del magma: gestación en un caos que no acosa al lector sino que lo impulsa a navegar, a ser navegado por el lenguaje de una insurgencia que surge con absoluta precisión. La más alta precisión es aquella que alcanza un grado tal de polivalencia significativa, de manera de trastrocar toda noción previamente asimilada, todo significado en su reposo, toda sintaxis prefijada a su referente, todo referente, todo sujeto.
            El lenguaje en Catatau es el personaje real de la literatura. Literatura que vuelve a serlo en la medida en que se abandona una noción establecida, para iniciar esa aventura que es el mito, cuando, al decir de Lezama (cito de memoria) «la imagen es un mito participado y el mito una imagen que inicia su aventura». El in(d)icio nada fortuito es una reflexión situada, acerca del estar americano, de la indagación por un lenguaje: no la pregunta (retórica) por un lenguaje (equivalente a la grandilocuente pregunta por un dios) sino la conversión de todo lenguaje adquirido en pregunta viva (en sí misma sagrada, vehículo del dios, donde cada palabra designa uno de sus aspectos).
            Paulo Leminski escribió este libro indómito, con el que inicia la secuencia de sus publicaciones; en lo sucesivo, nada de lo que escriba será parecido a Catatau. Dicho esto sin ánimo de descalificación hacia otros aspectos de su escritura —complementarios, en realidad, del gran vacío que genera a su alrededor este libro-sujeto (más que objeto, más que objeción explícita, explicitación de los medios de escritura en pos de una connotación impregnante, de un preñar el lenguaje con la energía de un cosmos vuelto pregunta). Pero Catatau obliga a forzar la vista, la percepción debe imbuirse con el poderoso minimalismo que anima, por dentro o por debajo, las (casi) infinitas variaciones de esta selva. La selva es minimal en su proliferación: cada matiz alumbra un mismo movimiento. La danza del lenguaje es el pensamiento silábico, la rítmica del origen, la exploración de un nuevo sentido nunca aclarado, nunca definitivo. El lenguaje anima su América, y nos atañe en tanto replantea, artísticamente, como pocas veces se ha visto, el hecho de estar aquí, de ser esto, sin nombre fijo, sin posesión más que en el alerta de lo percibido.
            El cuestionamiento a la lógica cartesiana es el obvio punto de partida pero, a la manera de los antiguos navegantes, no hay sitio de llegada: la nueva tierra no puede ser del todo conquistada: ella hechiza, ella surte el efecto de una devoración. Las Indias Occidentales son el espejismo de una conciencia devorada por sus proyectos, la proyección de un terror no resuelto en la cultura que conquista, un terror arcaico a lo Otro que resurge apenas se traspone el mare nostrum. Apenas se pisa suelo inmaculado, saltan regiones de la mente que se proyectan en el mapa. Los mapas de la mente quedan absortos en el paisaje, y el paisaje es una serie sostenida de cambios, de ritos de pasaje, de lenguaje adulterado y como líquido, pero en el sentido de la lava, del cuajo, de la mirada arrancada de su abstracción por una concretud sin límites, por destajo de la materia.
América es el cuerpo que el sujeto cartesiano pierde en su idea de sí, su solipsismo justificador de toda actitud imperial, posesa de ansiedad por poseer la tierra, las riquezas de la tierra, la tierra vuelta mundo, vuelta mirada, extensión de la mirada. América en Catatau da la palabra, a manera de un hongo poderoso, o, en realidad, el lenguaje recobra el don inventivo, viaja en los intersticios y secuelas del nombrar. Pensamiento, entonces, implicaría también permitir que la palabra, a través del lenguaje, hable por/para nosotros: el texto es un medium para quien quiera ofrendarle su propia voz, ya que una vez y otra Catatau parece llamar a la lectura en voz alta, proponer la circunnavegación del sentido.

El día no hace otra cosa, un hiato aparta la hipótesis, el silencio retiñe
unísono, es casi nada, un eso, — si no fuese la fiebre que sabe. De
todo siempre saben todos: apartando la propuesta de un lapso,
vacilan los fundamentos. Un mar, — sólo que al contrario; un sonido
que nadie sabe dónde, espejo no yerra. Observen exactamente: en
Persia, eso es común. Las fiestas persas giran en torno deso mismo.
Todo nombre de buey comienza la guerra; ¡incentivarlas, con fiestas
por todos los lados! Mi nombre — ¡ni a plumapalo! ¡Guerra a hierro,
y fuego en la fiesta! ¡Yugomida! La flecha alcanza a Aquiles por cierto
pero en la máscara, lo que es otro caso. El espejo refleja tanto la
guerra como la fiesta, careciendo de estilo. Una cobra pega un salto
contra el espejo y cae en medio de la fiesta. De quién es, de quién no
es, en eso — el ejército persa danza. Caso singular: nadie en Persia
sabe danzar aunque dancen de la mañana a la noche. ¡Elamentabilis!
En el axiomanexo, la exégesis: quien usa máscara descarece de espejo.
El espejo perjudica la danza, mire en los otros, en ellos se refleje.
Dentro de la danza persa, hay un gesto como un puñetazo, un salto
de gato en lo oscuro y un grito de socorro. ¡Baccha bacchans!
Ignórase el autor pero debía ser muy viejo a juzgar porque es una
danza muy minuciosa en malicias. Propio de los tigres: no hacer
fuerza, heder basta. ¡Gansogingrivit! ¿Qué flecha es aquella en el
calcañar de aquello? ¡Picatacapalo! Por la pluma es persa, por la
precisión del tiro — un maestro. Ora los maestros persas son siempre
viejos. Y maestro, persa y viejo sólo puede ser Artajerjes o un
hermano, o un amigo, o discípulo o entonces simplemente alguien
que pasaba y tiró por disparate en un momento gauderio de
distracción. Flecha se tira en movimiento, nadie está parado. Ni el
caballo ni el caballero; ni la mente, ni la mano; ni el arco, ni la flecha,
y el blanco el viento lleva: tiro cierto. Dentiscalpium in oculo. Todo tu
lado derecho estira la línea, todo el izquierdo sujeta la flecha. ¡Spes!
Tiro hecho, vuélvese a la unidad perdida. Pero arcos atrás eso no es
cosa que se diga, que se haga, arquero poco dice. Cállase, por hábito,
porque ignora todo en el arte en que es eximio.


Se va de géneros, se alza en invento, se va de preconcepto literario. Se va de la línea, se va del tiempo lineal, instala entradas y salidas a lo imposible: a la completud siempre insatisfecha. Pero en una extraña mezcla que hace de la lectura, Catatau, un impregnarse al hueso de lo verbal. Lectura rima con aventura: Catatau es el canto de un pájaro oscuro, que se oculta en las frondes y en los pelos de punta del animal erizado, del hechizo del pájaro en la garganta de quien se atreva a poner su voz en el desdicho.
Ya que es el libro quien lleva a la voz, casi diríamos que la impulsa, en nuevas epifanías o milagros, apenas perceptibles y ya sobrepasados (ultrapassam as vozes) por los siguientes. Incesante microscopía, sílaba a sílaba, la poesía recupera el canal mediúmnico, pero en este larguísimo detenimiento en la inspiración, en lo inspirador, en esta meditación no-cartesiana de la lengua en pos de un lenguaje (¿americano?), resurge, insurgencia del magma, del inconsciente colectivo a veces, la dimensión mítica en la incantación que se provoca.
            Provocación al quid de la lengua, a su estatuto de cobra que sale al paso de un hechizo (musical), y a la vez golpes de altura, nada del golpe-bajo del escritor-por-deporte, nada de la deportación del rumor para instalar una visión satisfactoria del mundo, no: golpes de altura en el sentido de tocar la visión, de alterar la percepción, el espaciotiempo de la lengua. ¿Qué lengua?
            Aquí se transfieren y acrecientan —maceradas en los jugos del lenguaje— las heridas asestadas a la percepción, al peso material de la palabra, a la posibilidad de que ésta contenga todavía una cierta verdad. Minúscula esa verdad, a la medida del gesto humano, hermano y mutuo de aquello que el lenguaje guarda, cápsula anímica y vívida, tirón de la cola del cangrejo que parece retroceder pero avanza o al menos se mueve sin cuándo ni dónde en un espantar de juncos, en un recordatorio de la resonancia, en el libro acuático que despiensa al sujeto y lo hace circular, como en ácido, pero vivificado por sus celadas de cazador en la foresta. El cazador no se oculta: está expuesto.
            Habla performática, la escritura disuelve toda jaula y su realidad acrecentada se hace capaz de envolver, y así ampliar, toda la sarta de supuestas realidades últimas. La madurez del moderno entendida como escepticismo, el progreso asumido como inamovible disparador hacia un futuro siempre espejeante y a lo lejos, la inteligencia apenas captada en su rol ordenador (administrativo) o diestro (la destreza del bailarín mental en vez de la danza que disuelve en su seno a los que bailan), quedan aquí como el apenas de un oleaje. El movimiento traza los signos y el lenguaje se hace más rápido que la memoria. Hay que aprender de nuevo a leer: Catatau.

Advierto que no hay bicho que yo entienda. Mayor el ojo, más denso
queda, el tamanduá se tamanduíza con toda la fuerza: queriendo captar
su verdad en un parpadear y en un cambiar de lente, aprehenderlo de
entrada. Tal vez, empero, no vale la pena. Ninguno vale un cuadrado,
un círculo, un cero. ¿Y a mí qué me interesa? De aquí a lo infinitamente
grande o a lo infinitamente pequeño, la distancia es la misma, tanto da,
poco me importuna. Allí canta la máquina-pájaro, allí pasta la máquina
-anta: allí caga la máquina-bicho. No soy máquina, no soy bicho, soy
René 
Descartes, por la gracia de Dios. Al enterarme deso, estaré entero.
Fui yo quien hizo ese mato: salgan de él, puentes, fuentes y mejoras,
periplos bugres y poblados batavos. ¡Yo expendo Pensamientos y yo
extiendo la Extensión! Pretendo la Extensión pura, sin la escoria de
vuestros corazones, sin el menstruo desos monstruos, sin las heces
desos rezos, sin la brutalidad desas tesis, sin las bostas desas bestias.
¡Abajo las metamorfosis desos bichos, — camaleones robando color a
la piedra! Polvos en seco: ¿en el huevo quién dio antes en el otro, un
ala en la línea del gajo o un salto en busca de agasajo? No saben qué
hacer de sí, insectos pegan la forma de la hoja; mimesis. ¿Y la forma?
¡Cosas de la vida! ¡Venid a mí, geometrías, figuras perfectas, —
Platón, abre el corral de arquetipos y prototipos; Formas geométricas,
embestid con vuestras aristas únicas, ángulos imposibles, hilos
invisibles a simple vista, contra lo bestial destas bestias, sus mentones
barbudos, cuerpos contorsionados, picos embarazosos de explicar,
cuernos confundidos por mutaciones, ojos en rodaja de cebolla!
¡Venid círculos contra tamanduás, cuadrados por tucanes,
losanges verso tatús, bienvenidos! ¡Mi ingenio contra esos ingenios!
¡La sed que sume hiede que hambrea! Me falta realidad.

Hay que seguir leyendo. Hay que dejar que lo leído acontezca en la vida y sólo así saber que se borra. Que el autor es hechicero en la conexión con lo indómito, no en la doma manipuladora de los hechos de lenguaje. Y sin embargo chisporroteo invicto, farola de meteoros que impactan el tenue velo de la sensibilidad: si la memoria es burlada, la burla tiene gracia, hace gracia, deslumbra con una sonrisa que se desconocía.
El lector de Catatau nunca podrá llegar al final del libro; leerá el final, para calmar la sed de llegada, y nada habrá sino la sed de aquel alcohol que continúe más allá del fumo, de la pérdida del rumbo y de la devoración (ah Oswald): puesto que el sujeto escrutador culmina en los intestinos del paisaje —al revés de nuestras ciudades, en las que prevalece el terror a lo no-humano a menos que se muestre domesticado y arrancado del origen: un espejo de pobreza que resume la caída o el colapso de un proyecto cartesiano, entre otras cosas.
El antropocentrismo caníbal no es todavía, ni por mucho, la antropofagia de un proyecto americano: pero América se come a Lope de Aguirre que pretendía poseerla en su Eldorado y trastorna a Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien deviene chamán, curandero de tribus y casi albino por magia extrañadora de la selva. Hoy una empresa petrolera derrama su mercancía en las aguas que van a dar a las cataratas con que Cabeza de Vaca topó en su periplo hacia el desmadre. Las historias de los conquistadores son la alucinación de una lógica que por fijar tanto los marcos háse parado ante el abismo del que no reconoce el espejo. Leminski elabora su circuito mestizo, el sincretismo que implica antropofagia y devolución de las monedas convertidas en chispas de una guirnalda de fraseos.
            Pero no sólo trafica, Leminski, en tren de demostrar la grandeza de su letra; es innegable que se ha dejado penetrar por la fuerza de lo transpersonal, en este relato discontinuo al interior de un desencuentro que también es una espera (en la medida en que Descartes, devenido diálogo interno de este libro, ve perdida toda esperanza de mantener gobierno sobre «su» «pensamiento»). Fuerza que traspone lo personal y deja de ser vehículo de autoexpresión o de mera expresión de alguna idea, de algún soporte virtual o deseado, y se expande en racimos de resonancia, en el hilar de ardor de toda Ariadna que se precie de estar perdida, en efecto, por efecto de un laberinto, a efectos del hechizo que lo real ya es.

¿Cada cual qué da? Tú ahí, ¿qué crees que hallas? No me hallo;
 me abajo. Boya de bicho busca apoyo en otro berreo, vice-vira-sierva
-vuelta, la
conviceversa no va lejos; salvañor, con perdón de la mala
palabra, — ¡yo! ¿Don de ayer? Acá. Ahora esa, y ésta, ¿entonces?
Luego no hubo jamás algún tal, ¿fuere? No sé si está, si no sé, quién
sabe allá, yo sé aquí: antes de ser, pague incluso oiga que no todo es
asísíseñor. Con nosotros o con los otros, eso sí es que es eso
mismo; si así fuere, esto es, por mí, nunca: de vez 
en cuando es
tanto cuanto más pudiere, también hace tanto tiempo que ahora
es sólo eso, por ejemplo, ¿ya? Este país lleno de brillo y los bichos
dentro del brillo es constelación de ojos de fiera.


No se podría separar el emblema móvil de este poema que se postula al infinito como una sumatoria de lo indecible, de lo que no halla definición, de lo que además no la busca, de lo que sigue perdido en la noche del habla. En las larvas de la rumia de las hablas, que configuran un hambre específica e inagotable. Habla quien se ahoga en lo que no puede recordar. La memoria está a las puertas de una duda. Es el umbral permanente que deja un cierto sabor acre en la boca, cuando se han leído varias páginas, desde cualquier punto del texto, hasta que un asomo de alteridad alcanza su rapto y se es tomado por la escritura babélica, joyceana y guimaraense, sí, carrolliana y tropicalista, sí, haroldiana y embarrocada, sí, pero rítmica en un sinfondo de plantas, de percepciones de palabras como órganos, organismos, células en la celda expandida del aire adonde son sonadas.
            Hay que leer en voz alta apenas eso, la posibilidad de recordar que la palabra está a la espera. Que no es encontrarla lo que llama, sino el llamado de esa llama voraz que da la sed y en el deseo se cumple, con gran maravilla de inconclusión, para retornar a la rueda de las mutaciones. Palabra mutante que no ceja su rol de convocar, que emite percusión y melodía y al mismo tiempo discurre por las vías laterales del cerebro, habilitándolo a mezclar sus hemisferios. La geometría es ritual, las devoraciones una estrategia para expandir la lengua. ¿La lengua de quién? Nadie es el autor de su libro, y sin embargo aquel que firmara como Paulo Leminski sigue invicto, pasará mucho tiempo antes de que pueda ser descifrado.
            Catatau rehúye a la par que materializa. Inaugura una nueva resistencia, que perpetúa los intentos de expansión de otros (no tantos) anteriores o paralelos; pero a Leminski, para leerlo, hay que perderlo, hay que saber que no es el autor sino el otro. No por glosa borgiana apenas, sino por el roce continuo que su tratamiento de la lengua implica. Nos involucra leerlo, o no se puede continuar. El libro se aleja, a veces durante meses, pero retorna, desafía con su ausencia de fondo; ya se sabe, nunca nos abandonará, a menos que el fuego o el final acaben con el libro.
Este libro entero es una conexión portátil, un agujero negro adonde se conectan los roces, la cabeza se hace eco, la fuerza motriz o inaugural del lenguaje sube por las piernas, se danza al compás de lo cíclico, las cosas fluyen más allá de su relato o descripción. La luz matriz que alumbra los vocablos desde dentro, desde esta conciencia concretista, por qué no, los conduce al recorrido de un plan, un plan que sin embargo es aventura, itinerario del alma traspasada a la persona del texto, al yo lírico que es un Descartes que ha perdido a su sujeto cartesiano. Y se ha perdido en un sinnúmero de fablas.
            La fábula intacta, anterior a la lengua, ese impulso neolítico que para Octavio Armand sería la arcaica atracción por la poesía. El explorador se hace exploración; el cuerpo de la letra es una lengua que canta, que para hablar canta y se atiene a una atención paralela, a una segunda y tercera y cuarta conciencia, a una simultaneidad (curiosamente no cubista) que si bien no anula el discurrir, sí allana cualquier imitación de algún discurso. La voz escrita no grita ni silencia, y si percute lo hace al atravesar semánticamente los niveles de lectura. Ningún discurso y sin embargo todos los discursos: entrecruzar de hablas, de hábitats, de hábitos. Ninguna centralidad y sin embargo todas las excentricidades convertidas en ejes, en puntos axiales, en axilas de una bestia-ánima devenida escritura.
            Catatau: el lenguaje es alucinógeno, la alucinación es devenir escritura. Uno se cree leyendo y es ese raro espejo del lenguaje el que nos lee. Nos cifra porque el texto se escurre, se hace inexplicable, nada descifraría en sus páginas otra cosa que la cosa misma y plena que lo hace. Pero hay más, por detrás o por debajo de alucinares: está ese asomo a la visión, ese asomarse como en ciertas figuras tántricas (incluso precortesianas) de la cabeza del parido por su propio cuerpo, que es el cuerpo de la diosa. Aquí la llamo: Incompletud. Aquí la clamo: Devoración.
            La duración de Catatau, no por volumen sino por proliferación de resonancias, parece calculada, parece sugerir que no será posible llegar a la sensación de que el libro ha sido leído. Dobles y triples fondos, la dificultad con las etimologías, la sorpresa vuelta método: el camino sin forma, sin madurez en lo que a resultados (claridad del mundo, delimitación del sentido) pudiera, tal vez, haberse deseado. No hay injerencia del sujeto en esta secuencia de inferencias, sino la secuela de una estela en las aguas de la lengua. Naufragar era preciso porque toda precisión, siendo necesaria, abre a lo ambiguo, a lo multívoco, a lo policéntrico. La percepción como una cosmo-lógica (también la inmersión en un paisaje, paisaje verbal, inaugurando una topografía de lo indómito) se alínea con un desacato de escritura, tan placentero como tortuoso, tan inaferrable como suscitador de investigares.


En este apretón, fuénos aperitivo un espantacibo, versión animal
de aquel principio que más no podía ser taxativo: tatú que sólo
sabe un tabique, etc. Calma, vamos a aparecer. ¿Paz? Va a
haber. Habiendo aparecido, irán 
apreciando así fuestésemos
prospiratas: voy careciendo de condiciones mínimas de estabilidad,
de cuidados extras una desatención que nadie dejó de cometer muy
lejos en los alterlugares. ¡Henríquese! ¡El egregio dolo, de enternecer
piedras, derramar caldo, desnortear gato, quedó de parecer, de amargar,
bueno de lidiar, el Artífice de cortesías a chambergo alienado! El tumor
entorpece y el torpor entumece, ensimismándonos. ¡Ya iba a olvidar
pero vete a olvidar en otro olvidrorio! Viniese a permanecer, permana
aquí, el
mejor lugar para tal práctica: las cosas no viene ofreciendo
condiciones de juego, ¡nos estamos, no reclamen! Despacio voy
estableciendo mis récords. Vino aterrándome el abuso más asiduo
entre los bandos destas platibandas: cosa no condice, ¡el fa de la glotis
con las escabrosidades bemoles del fagot! ¡Suena un apepito, afán
para el fa, el acorde del pueblo, el tono de muerte! ¿Dónde oírlo aquí?
¡Dónde oírlo aquí, oh permanecénides en jalea, oh partisano del
parmesano! Angaria más saber civil. Con la casa llena, ¿meando
de puerta abierta? Destílogos perdiéronse en la mudanza, metálogos:
¡queda el nodo górdico por el polo nuestro en los pórticos del golfo
pérsico! ¿Ellos, no, sino él, no es? ¿De nosotros dos, vos es que nois y
yo que soy nido? Por copia presta y pronto pretexto. ¡Aura zeferina,
zendavestal en mis cachos, una palanca al alcance de todos los
calcañares, de la caravana no se escaracrespa ni una barbachiva!
Saque nulo: no hay me llegue que no me mate, ¡nadie me sinegura!
Comenzando lo oscuro a ser, nunca más dextrimina de oscurecer:
¡saco sea maleta, es sólo título que se conserva! ¡Minuluscofúsculo!
¡Donde el lustro fosco busca, bifurca y se disturba, trisurque el sólito,
la troglo dita! ¿Antro? Unaltro. ¡Leprosiento! ¡Quienquierquiera nos
guarde de que se dunquerque! ¡Lopessostesso! Hallé un alibí en este
aleluya: el más hábil en alibí no sabría estar más al este de traspartes
o nadas. ¡A qué punto llegó la vena que más corcovea, guarismo
recobrándose del abismo, consulta el metabolismo y — debiéndose
distinguir de los disfraces con que se confunde, decídese a bancarrotar! ¡
Chingo el guincho: aguacátate!


Las áreas del trazado son arenas movedizas, nunca se obtiene la certeza de estar rodeando algún objeto. No hay objeto: hay máscaras verbales. El sujeto ha sido disparado, disipado. Es un vicio del ánimo y sus estados suponer la entidad de ese sujeto. Pero a cambio no se construye otra moral, otro mundo: se planea en la cannábica impresión y allí la asechanza de Occam puntúa o puntualiza simplemente la presencia (la fantasmagoría) de la estructura. La intemperie de quien se ha quedado (al fin) sin más sujeto, sabe que la estructura y sus dispositivos foucaltianos no dejarán de rebuscarla por su captura. Por eso la escritura se hace lenta, pero con una aceleración simultánea tal que es imposible, e inútil, el intento de entenderse con ella.
            La escritura en Catatau es la fiebre racional, es decir la pasión asumida más allá del logro o del alcance. Y allí su alcance, precisamente, allí su logro, al decidir el abandono del sujeto a la escritura, por la escritura en inmanencia, como estado de inminente ocurrir siempre mutante. Leminski es artista capaz de incontables decisiones en una sola página: esa microscopía dispara filosofías inconciliables y desencuentros fructíferos dando el goteo alimenticio de palabras sobre la llaneza de lo permitido, sobre una percepción domesticada a base de preceptivas taxonómicas y economías de sentido.
            El conciliábulo del texto, palimpsesto siempre, ancestral por permutante, propone aquí (y más acá) la convivencia comunicante de lo estanco, la ruptura con todo rupturismo, el súbito (y eterno: fuera del tiempo contable) abandono de la lente que se creía en foco. La mímesis con el tono (su capacidad de entonar, nada menos) se vuelve inevitable y hasta deseable: se trata de la más pura impregnación, de la voluntad curiosa que aceza y asiste al lector.
            Se propone, otra vez, a ese lector artista de su lectura (de su locura) que promoviera Mallarmé como exigencia basal. Esto implicaría que la inspiración existe, pero puede aflorar, en rigor, sólo de parte del lector: la escritura (poesía) aflora para inspirar. Pero esa inspiración no instala una moral simultánea, una lectura que afirme en la eclosión una centralidad desde la cual instalarse ante lo otro de la escritura. Catatau es libro inspirador: recorrerlo es instigar el deseo de escribir.
            Escritura somática: da cuerpo a un despensar. Donde los realismos rellenan su dosis exigida de «Realidad» con habladurías, interpretaciones, la superstición de conclusiones, discursos de todo signo, esta escritura leminskiana abre conversación multidireccionada, enjambre de koans. Pone en tela de juicio la verdad de una lógica, no para suplantarla con otro cogito desde el púlpito, sino para apenas ser alcanzados, nosotros, sus lectores, en el pálpito de un pulso: la palabra inesperada nos espera.






[1]  Durante la escritura de este texto se tuvo en cuenta la segunda edición de Catatau: Editora Sulina, Porto Alegre, 1989. La tercera edición, crítica y anotada, aparecida posteriormente, es la de Travessa dos Editores, Curitiba, 2004 (al cuidado de la poeta y artista visual Jussara Salazar, dato que no consigna la edición) con presentación de Décio Pignatari, quien apunta (en traducción nuestra): “Paulo Leminski como que siguió al pie de la letra el libreto de su destino inscripto en la palabra catatau, que quiere decir al mismo tiempo pequeño y grande. Primero, hizo lo grande, lo difícil, lo vertical —esta obra que le tomó ocho años de dedicación, fervor y sufrimiento. Salido del deslumbrante infierno creativo, volvió a la superficie para rever las estrellas, tal anti-Eurídice ante el llamado de Orfeo: ¡infierno, nunca más! Y se dispuso, con gusto y desenvoltura, a realizar la segunda parte de su misión, la tarea propiamente poética, que le trajo la merecida fama y el inmerecido cruel juicio existencial de los hechos. Que pueda este mapa, que no quería ver cartografiado, llevar y elevar a su Catatau a los campos elíseos literarios de lo que más instigante y original se produjo en el siglo pasado brasileño.”