LOS ENCUENTROS. WATANABE - MOSCARDI


















Los encuentros


Y de repente éramos dos hormigas en la vereda
casual,
él y yo,
así moviendo las antenas, intercambiando datos, cordialidades,
diez años.
Pero ¿por qué estos encuentros se tuercen siempre?
¿Sentías, amigo mío, cómo nuestro viejo afecto
se hacía desinterés
y fastidio?
(Y los dos supimos
que ya estábamos listos para ignorarnos diez años más.)
Antes de despedirnos
él me punzó con un dato sombrío:
su padre, Don Ventura D., tenía un intratable cáncer renal.

Todo hecho es fragmentario hasta que el azar nos lleva
a su complemento.
Digo esto porque voy a hablar de mi inesperado encuentro
con su padre, tres días después.
Fue en el planetario del Ministerio de Aeronáutica, en la feria.
Don Ventura D.
estaba bajo la gran cúpula que copiaba el cosmos,
giraba trabajosamente sobre sí mismo
                solo
siguiendo el movimiento de los numerosos planetas y lunas
que se trasladaban lentos y luminosos
en la penumbra.
Una mirada concentrada
hacía de la cúpula un espacio abisal,
y él la contemplaba así
y con serenidad sobrecogedora,
ya entregándose.

Me descubrí anotando
que la gravitación universal no tiene contingencias, azar
ni cáncer.
Estaba yendo hacia el poema
y me abstuve:
ese hombre está en juego, dije.
Y salí del planetario y me entropé con la gente,
ninguna seguía, como los planetas, una órbita precisa.



José Watanabe
en El huso de la palabra, 1989.


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La idea llega por una canción de Massacre: “dicen que acelerar estando en la mitad frenaría”. Aunque no podría explicarlo teóricamente, tengo una imagen mental de este concepto: un auto que avanza a toda velocidad en línea recta hasta el punto en donde la aguja comienza a hacer tope –a temblar, como en las películas. En este momento, el auto alcanza una especie de velocidad máxima constante que a los ojos de un observador se traduciría, paradójicamente, como una desaceleración, casi como una inercia, porque el móvil ya no puede ir más rápido. El poema de José Watanabe, en cambio, alcanza toda su fuerza por medio del refrenamiento. Es lo que suele ocurrir en su poesía y lo que personalmente disfruto de ella. Por eso, estos dos versos son clave: “Estaba yendo hacia el poema/ y me abstuve”. Precisamente, a veces tengo la sensación de que algunos poetas van hacia el poema, con esto quiero decir que aceleran, que encuentro –el verbo es impreciso: no sé muy bien qué es eso que encuentro; quizás ni siquiera es del orden del saber– un apuro por llegar a la escritura: entonces la poesía se transforma en un motor dejándolo todo pero que, como no puede transgredirse a sí mismo, se estanca en la inercia de su propio límite. Creo que por eso vuelvo a “Los encuentros” y me detengo en los versos señalados; porque ese abstenerse, ese paso atrás, genera aceleración –algo del orden de la intensidad, y por qué no, de la emoción– a la vez que relativiza la distancia entre las hormigas (nosotros) y los planetas: entre el cáncer y el poema.  



Matías Moscardi.